“Hablar de los derechos de las minorías sexuales en África, supone visibilizar la lucha de mujeres y hombres anónimos”

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Aimar junto a miembros del equipo de rugby queer de la Universidad de Wits
Aimar junto a miembros del equipo de rugby queer de la Universidad de Wits

GAIZKA ESPARZA

Aimar Rubio es licenciado en Ciencias Políticas, especialista universitario en Migraciones y tiene un máster en Estudios Internacionales. Recientemente finalizó el doctorado en Estudios sobre Desarrollo, defendiendo una tesis con el título de Sexual orientation, violence and human rights in Africa: South African case study en la que explora el fenómeno de la homofobia. Una vez concluido el trabajo, el objetivo de este getxotarra es seguir vinculado a la lucha por los derechos humanos de las minorías sexuales, compaginando su activismo con su trabajo.

Aimar Rubio durante su estancia en Cape Town.
Aimar Rubio durante su estancia en Cape Town.

¿Qué te hizo decantarte por el tema elegido en tu tesis?

Desde la carrera llevo sintiendo un fuerte interés académico por la realidad política, social y cultural africana, al tiempo que siempre me he sentido cercano a la actualidad LGTBI, y muy en especial, a la violación de los derechos humanos de las minorías sexuales y a la discriminación por orientación sexual. Mi tesis es la suma del interés académico y activismo que siempre me han acompañado, por lo que me considero muy afortunado.

Para la investigación de campo te fuiste hasta Sudáfrica ¿Cómo fue el trabajo allí?

Mi vida en Sudáfrica fue muy intensa. Pasé la mayor parte del tiempo en Johannesburgo, trabajando en la organización Gay and Lesbian Memory in Action (GALA) con sede en la universidad de Witwatersrand. También pasé algunos días en Pretoria y Ciudad del Cabo. Mi estancia estuvo enfocada en el trabajo de campo, dedicándome a realizar entrevistas en profundidad a expertos en derechos humanos, profesores universitarios, activistas, líderes religiosos o periodistas. Además trabajé analizando diversas colecciones en los archivos de GALA, donde se conserva en un centro de documentación único en África la memoria histórica de las personas LGTBI de Sudáfrica así como de otros países africanos.

¿Cómo valoras la experiencia de lo vivido y aprendido allí?

Nunca podría haber sacado adelante esta investigación sin el trabajo de campo realizado en el país que Desmond Tutu bautizó como la nación del arcoíris. Sudáfrica es una tierra de contrastes marcada por el apartheid y una desigualdad racial todavía hoy persistente, además de la crisis del VIH/SIDA y una brecha socioeconómica contundente. Pero por encima de todo, Sudáfrica es el país de la diversidad, de la música, del color, del activismo, de la reivindicación, de la lucha y de la política. En Sudáfrica encontré algunas de las personas más hermosas que nunca antes había conocido, así como a un pueblo donde las personas más desaventajadas viven su día a día con una sonrisa y sin estrés. Sudáfrica es inolvidable.

Como bien has dicho, Sudáfrica es un lugar de contrastes en muchos aspectos, también en lo que afecta al colectivo LGTBI.

Con la llegada de Mandela en 1994 Sudáfrica comenzó un viaje que puso fin a todo lo que el apartheid representaba, promulgando en 1996 una de las constituciones más progresistas del mundo. Durante el apartheid la homosexualidad estaba criminalizada por el Estado, mientras que la constitución de la nueva Sudáfrica fue la primera en el mundo en prohibir explícitamente la discriminación por orientación sexual, así como en establecer la igualdad de derechos y libertades de los sudafricanos con independencia de su orientación sexual.

Sin embargo, algunos de los derechos que la nación del arcoíris aprobó no encontraron su reconocimiento en la calle. El increíble aumento de la violencia durante la transición, la extensión de los discursos de odio contra las personas homosexuales y las masculinidades violentas han convertido a Sudáfrica en una paradoja. Por una parte, el país cuenta con un catálogo de leyes progresistas destinadas a garantizar los derechos de todos sus ciudadanos; por otra, el acoso, violencia, abusos sexuales y discriminación hacia las minorías sexuales se encuentran al orden del día en un país donde la homofobia se halla fuertemente enraizada en lo social.

Creo que en este contexto las mujeres lesbianas son las más vulnerables…

Sí, las mujeres, lesbianas y negras son las más vulnerables a la homofobia. De acuerdo con mi investigación en Sudáfrica las personas menos privilegiadas son las que salen peor paradas. De acuerdo con el feminismo interseccional, en un sistema heteronormativo y patriarcal los procesos de discriminación y violencia se configuran a través de múltiples categorías de diferenciación. Esto quiere decir que las categorías de género, raza y clase social son fundamentales para comprender el impacto de la violencia. Por lo tanto, las mujeres lesbianas pertenecientes a la población negra y que viven en espacios de renta baja serán las más vulnerables al impacto de las masculinidades violentas.Así las cosas, la mayoría de los ataques homófobos se producen en lugares no privilegiados como los townships y zonas rurales, mientras que en los espacios pudientes -donde habita una mayoría poblacional blanca- la tolerancia hacia la homosexualidad es relativamente mayor.

¿Con qué herramientas se está trabajando para luchar contra esta situación?

Los crímenes homófobos y violencia hacia las minorías sexuales en Sudáfrica son resultado de las desigualdades socioeconómicas y diferencias raciales que aún hoy persisten. Desafortunadamente, el movimiento LGTBI del país también se encuentra dividido a razón de la desigualdad social. Por una parte existe una comunidad de clase media-alta integrada mayoritariamente por minorías sexuales pertenecientes a la población blanca, los cuales llevan una agenda similar a los colectivos de los países occidentales. Por otra, existe una comunidad no privilegiada, de clase media-baja y mayoritariamente perteneciente a la población negra. Su activismo es marcadamente político y persigue responder a las desigualdades socioeconómicas y raciales. Por su parte, el gobierno estableció hace unos años un grupo de trabajo formado por representantes de la sociedad civil y agentes gubernamentales denominado Task Team, que busca diseñar políticas públicas y buenas prácticas destinadas a combatir la homofobia y transfobia en el país.

Aimar junto a miembros del equipo de rugby queer de la Universidad de Wits
Aimar junto a miembros del equipo de rugby queer de la Universidad de Wits

¿Cómo fueron los años de apartheid para el colectivo?

Al igual que en el resto de colonias británicas, la sodomía estaba penada por ley. Con la llegada del apartheid, la criminalización de la homosexualidad se mantuvo, y las redadas contra personas del colectivo resultó ser habitual.
Sin embargo, al igual que en otras ciudades europeas y norteamericanas, durante la década de los 70 en Johannesburgo y Ciudad del Cabo surgió una subcultura homosexual compuesta por pequeños comercios y espacios de ocio para un público prominentemente blanco y masculino.

¿Cómo reaccionó el colectivo LGTBI blanco ante la discriminación racial?

Las diferencias raciales en Sudáfrica han sido una constante en su devenir histórico. Durante el apartheid, la comunidad LGTBI blanca, compuesta mayoritariamente por hombres, se movilizó activamente exigiendo al gobierno la despenalización de la homosexualidad, pero no el fin de la segregación racial. El racismo existente en organizaciones entonces hegemónicas como la Gay Association of South Africa (GASA) le valió su expulsión de la International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association  (ILGA) al no secundar la lucha contra la discriminación racial.

En el resto de África la situación es aún peor. ¿Cuáles son los países en los que más se ha retrocedido en materia de derechos LGTBI?

De acuerdo con  la ILGA, de los 54 países que componen el continente africano, 38 criminalizan la homosexualidad y 4 de ellos aplican la pena de muerte. Desafortunadamente, en la gran mayoría de estados pueden encontrarse malas noticias. El presidente de Nigeria, Goodluck Jonathan, aprobó en enero de 2014 una ley que prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo, penado con 14 años de prisión para cada miembro de la pareja. El presidente de Gambia, Yahya Jammeh, hace tan sólo un año declaraba  “por lo que a mí respecta, LGBT significa lepra, gonorrea, bacterias y tuberculosis, todas las cuales son un peligro para la existencia de los seres humanos”. En Uganda, el tribunal constitucional anuló el pasdo agosto por unanimidad la ley que convertía la homosexualidad en un delito agravante, incluyendo la cadena perpetua para los reincidentes. Sin embargo, actualmente se persiste en aprobar una nueva ley que endurezca la criminalización de la homosexualidad en el país. El pasado mes de diciembre, en Egipto 33 personas fueron detenidas en un hamam durante una redada acusados de practicar “actos  indecentes e inmorales”.

¿Qué peso tienen en este retroceso los movimientos religiosos más extremos?

De acuerdo con diversas investigaciones, la homofobia de Estado en África se apoya en una relación dialéctica entre el Estado, los actores religiosos y los medios de comunicación. En Uganda resulta evidente como la Iglesia Evangélica y organizaciones fundamentalistas norteamericanas han accedido a la agenda política del gobierno, al igual que en Camerún lo ha hecho la católica y en el norte de Nigeria la Sharia, la cual establece la pena de muerte para las personas homosexuales. Los fundamentalismos religiosos que criminalizan la homosexualidad son los responsables de ofrecer argumentos y discursos morales que legitiman la violencia y condena de las minorías sexuales. Por lo tanto su peso es significativo, especialmente por la popularidad de la que gozan y su rápida expansión por todo el continente.

¿La primavera árabe que supuso en el ámbito de los derechos LGTBI?

La primavera árabe trajo el derrocamiento de viejos líderes políticos aferrados al poder. Sin embargo, las cuestiones relativas a la libertad sexual no han sido abordadas, como tampoco lo han sido los derechos sexuales y reproductivos. De acuerdo con activistas LGTBI de Túnez y Egipto, tras la primavera árabe los ataques y violencia contra las minorías sexuales han aumentado, así como los discursos que condenan públicamente la homosexualidad.

¿En este contexto negativo se pueden destacar hechos positivos en la lucha LGTBI en el continente africano?

Detrás de cada mala noticia hay una buena. Hablar de los derechos humanos de las minorías sexuales en África supone visibilizar la lucha de mujeres y hombres anónimos que a día de hoy se están dejando la piel por que amar no sea un delito. Su activismo merece el mayor de los reconocimientos, y son sin duda alguna los protagonistas que están trabajando por la liberación sexual en el continente.

Desde Europa muchas veces no entendemos como funciona el tablero africano y analizamos su situación desde nuestra perspectiva. ¿Podemos pecar de “paternalismo”?

Europa habitualmente tiende a denunciar hechos y promover políticas sin contar con la opinión de las minorías sexuales que busca proteger. Por ejemplo, los mismos estados occidentales que han pedido la revisión de la ayuda oficial al desarrollo en aquellos países que criminalizan la homosexualidad, aplican serias restricciones a los demandantes de asilo perseguidos por su orientación sexual e identidad de género. Europa debería escuchar a el sur para asegurar un apoyo efectivo a las minorías sexuales discriminadas en África.

¿Eres partidario de que en cada país sean los propios colectivos los que luchen por sus derechos o piensas que es necesaria la ayuda exterior?

Los limitados recursos con los que cuentan las organizaciones y asociaciones LGTBI en África las hacen realmente vulnerables. Asimismo, en algunos casos los derechos de asociación y reunión pacífica se han visto seriamente comprometidos en los países que aplican una activa homofobia de Estado. Por ello, contar con el apoyo financiero y recursos puede facilitar la lucha contra la homofobia y transfobia por parte de diversos colectivos y facilitar la labor de los defensores de los derechos humanos.

En Europa se han conseguido muchos avances, pero últimamente también escuchamos que se han multiplicado los casos de violencia contra el colectivo LGTBI. Como ejemplo tenemos un informe del Ministerio del Interior de España en el que se analizaban los llamados ‘delitos de odio’,  en el que se revelaba que las agresiones por la orientación y la identidad sexual eran las mayoritarias. ¿Se pensó antes de tiempo que estaba casi todo hecho?

Si analizamos marchas como las del orgullo en Madrid obtendremos la impresión de que poco o nada queda por lo que luchar. Sin embargo, de acuerdo con uno de los últimos informes de Amnistía Internacional sobre homofobia, transfobia y crímenes de odio en Europa, “los prejuicios, la discriminación y la violencia por odio persisten incluso en países en los que las relaciones entre personas del mismo sexo están relativamente aceptadas y en los que existe el matrimonio para todo tipo de parejas, independientemente de su género y su orientación sexual”.

¿Qué medidas se tendrían que tomar para acabar con los prejuicios y la violencia?

La educación resulta un valor fundamental para generar conciencias donde el odio se convierta en respeto. La homofobia y transfobia persistirán mientras no se derriben los discursos heteronormativos y patriarcales más extendidos. Asimismo, luchar contra la homofobia habría de suponer luchar contra el racismo, xenofobia, machismo, islamofobia o serofobia. Creo que existe la urgente necesidad de que nos empoderemos entre mentalidades abiertas que asuman la diversidad como un elemento humano, y el odio como un factor que discrimina, subordina y limita las opciones a una vida digna. Se trata de conocer que todas las personas tienen que acceder a todos los derechos.

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